Compré una mujer para no estar solo. No imaginaba que tendría un carácter más fuerte que el acero.

HISTORIAS DE VIDA

Nunca creí que la soledad pudiera sentirse tan gélida, aun con el fuego crepitando en la chimenea. Movido por el consejo de mis camaradas y por la impaciencia que me carcomía, decidí buscar compañía. No una esposa por amor —eso era asunto de poetas y de locos—, sino una presencia que llenara la casa y silenciara el eco de mis propios pensamientos.

La encontré en el mercado de almas, donde los ojos bajan la mirada y los destinos se venden a precio de monedas. Tenía los ojos oscuros y la barbilla erguida. No decía mucho. Pensé que sería suficiente.

La primera noche, después de una cena —que, debo admitir, estaba mejor sazonada que cualquier plato que hubiese probado en años—, le pedí, sin mirarla, que me sirviera más vino. Lo hice como quien mueve una ficha sin pensar.

Ella se acercó. Pero no con la copa.

—No soy tu esclava, señor —dijo con voz firme, sin necesidad de alzarla—. Me compraste para no estar solo, no para que me arrastres como a una bestia.

Me quedé quieto, no por miedo, sino por sorpresa. Aquella mujer llevaba el temple de una espada bajo su piel morena.

—¿Y para qué crees que estás aquí, si no es para obedecer? —pregunté, endureciendo el tono.

—Para que aprendas que la verdadera compañía no se impone. Se gana —respondió. Y se marchó a su habitación, dejándome con la copa vacía y el orgullo roto.

Desde entonces, la casa ya no es ni vacía ni silenciosa. Aunque no lo reconocí de inmediato, aquella mujer, firme y de palabra justa, era exactamente lo que necesitaba.

A la mañana siguiente la vi en el jardín, arremangada, cavando la tierra con furia contenida. No me saludó. Solo apartó un mechón rebelde de cabello de su rostro y siguió trabajando como si yo no estuviera.

Me acerqué, carraspeando.

—No es tarea de mujer ensuciarse las manos en la tierra —comenté, esperando quizá verla soltar la pala agradecida.

Ella apoyó ambas manos sobre el mango de madera, me miró con una calma incómoda y dijo:

—Tampoco es tarea de hombre decirle a una mujer qué hacer con sus propias manos. Si no quiere que me ensucie, ensucie usted las suyas.

Giró el cuerpo y volvió a cavar. Y, de algún modo que aún no comprendo, terminé cargando un saco de estiércol al huerto. Nadie me lo pidió. Nadie me obligó. Simplemente sucedió.

Así fueron los días que siguieron. Cada orden que intentaba lanzar, ella la recogía como un desafío. No gritaba. No lloraba. No se rendía. Era como un fuego que no quemaba, pero tampoco se apagaba. Y aunque me exasperaba, había algo en ella que me mantenía allí, de pie, expectante, deseando la próxima batalla de palabras.

Una tarde, mientras acomodábamos las sillas del comedor —sí, juntos, porque, según ella, “los platos no vuelan solos”—, me atreví a preguntarle de dónde venía.

—De un lugar donde los hombres creen que pueden poseer el alma de una mujer con un contrato y tres monedas de plata —respondió, sin mirarme.

—¿Y por qué aceptaste venir conmigo?

—Porque pensé que contigo sería diferente —se encogió de hombros—. Y si no lo era, al menos tendría un techo mientras me hacía más fuerte.

La observé en silencio. Por primera vez vi el cansancio que pesaba sobre sus hombros, la tristeza que el orgullo apenas lograba ocultar. Quise decir algo, pero lo único que conseguí articular fue:

—¿Y lo soy? ¿Diferente?

Ella se detuvo, la servilleta entre las manos, y por fin me miró. No con desprecio, ni con desafío. Con algo que no supe nombrar.

—Todavía no lo sé —dijo—. Pero al menos me escucha. Y en estos tiempos, eso ya es un milagro.

Rate article
Add a comment