—¡Cariño, qué bien que tengas un apartamento grande! Mis padres ocuparán una habitación; ¡están hartos de vivir en el campo! —dijo el novio con indiferencia.

HISTORIAS DE VIDA

Nina estaba sentada entre catálogos de vestidos de novia en una tarde gris de octubre, rodeada de papel brillante y sueños de futuro. ¡Solo faltaban dos meses para la boda! Sonrió al imaginarse caminando hacia el altar vestida de blanco.

Vanya era el primer hombre en su vida con quien todo parecía ordenado y estable: un ingeniero civil, sensato, con futuro. Nada de músicos volubles, nada de dramas; solo seguridad. Solo sus padres permanecían en la mente de Nina. Margarita Pavlovna, su orgullosa madre de mirada penetrante, y su padre taciturno, que casi nunca hablaba.

Durante su última visita, Margarita había criticado sus albóndigas y fruncido el ceño al ver el pan que había comprado. Vanya permaneció en silencio, limitándose a sonreír con dulzura, y Nina intentó no tomárselo a pecho. Al fin y al cabo, se casaba con Vanya, no con su madre.

Pero una noche, todo cambió.

Estaban sentados en el sofá, bebiendo vino, cuando Vanya dijo casualmente:

«Mis padres son infelices en el campo. ¿Quizás podrían mudarse con nosotros?».

Nina rió con incertidumbre. —¿Con nosotros? ¿A mi apartamento?

—Claro —respondió Vanya con calma—. Tienes tres habitaciones. El estudio puede ir en la cocina.

Su indiferencia la golpeó como un mazazo. No le había preguntado, no lo había hablado; simplemente lo había decidido. Cuando Nina protestó, alzó la voz. —¿Tengo que pedir permiso para ayudar a mis padres?

—No —dijo ella con calma—, pero al menos deberías preguntarme a mí. Este es mi apartamento.

La conversación terminó abruptamente cuando él le agarró la muñeca de repente. Solo un instante, pero con la suficiente firmeza como para sobresaltarla. Había algo extraño, duro, en su rostro.

—Suéltame —susurró ella.

La soltó, demasiado tarde. Algo dentro de ella se había roto.

A la mañana siguiente, Margarita llamó:

—Nos mudamos en dos semanas. Vanya ya reservó el transporte.

Nina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sin que ella lo supiera, él ya lo había planeado todo.

Esa noche, ella lo confrontó.

—No tienes derecho a decidir lo que pasa en mi casa —dijo.

—Eres una egoísta —replicó él—. Creía que la familia compartía todo.

—El respeto también es parte de la familia —respondió Nina.

Entonces se quitó el anillo de compromiso.

—No puedo casarme con un hombre que no me respeta.

Vanya la miró incrédulo, la llamó insensible y la amenazó con que se arrepentiría. Pero Nina mantuvo la calma. Cuando él salió del apartamento, se sintió libre por primera vez en días, aunque lloró cuando la puerta se cerró tras él.

Unas horas más tarde, Margarita volvió a llamar, fuerte, indignada y llena de acusaciones.

—¡Echaste a mi hijo! ¿No tienes corazón?

Nina respondió con calma: —Yo no destruí una familia. Me salvé a mí misma.

Los días siguientes transcurrieron tranquilos, pero claros. Canceló la reserva en el restaurante, devolvió el vestido y escribió a los huéspedes. Con cada tarea completada, el ambiente se volvía más ligero.

Una semana después, Nina estaba sentada en un café con su amiga Mascha.

—¿Te arrepientes? —preguntó Mascha.

Nina sonrió. —Ni por un instante. Pensé que sufriría. Pero me siento libre. Prefiero estar sola en mi apartamento que con gente que me agobia.

Afuera, un rayo de sol se abrió paso entre las nubes grises. Por primera vez en mucho tiempo, Nina respiró hondo, como si se hubiera reencontrado consigo misma.

No era un final. Era su comienzo.

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